El naufragio en la tragedia

periodicoSe venden pocos periódicos. La justificación más facilona es concluir que la gente que necesita información la busca ipso facto y recurre a los medios que se la proporcionan (internet, radio, televisión). Ese razonamiento debería hacer pensar a los propietarios de prensa en papel que, tal vez, ofreciendo otros contenidos subirían las ventas y, por extensión, la publicidad.

El sábado a mediodía el trágico terremoto en Nepal copa todos los informativos. Datos confusos de víctimas, imágenes duras y crudas, primeros intentos de encontrar una explicación y el top ten que debe acompañar toda desgracia.

Domingo en los quioscos. ¿Están a la altura los diarios? Acabo pronto: No. Las primeras extrañas impresiones se encuentran al repasar las portadas. Por ejemplo, ABC y La Razón ignoraron el suceso, ocupados como están ambos periódicos en conseguir el cariño del partido en el Gobierno. Llama la atención que Gara tampoco lo considerara tema de primera página y que El Periódico optara por un simple titular menor sin apoyo fotográfico. Fuera de nuestras fronteras, Le Monde también calló.

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El Mundo y La Vanguardia coincidieron en la instantánea de portada. Es una de agencia (Getty), del español Omar Havanna. Se ve a varios hombres trasladando a un herido en una improvisada camilla. Sugiera más que muestra y se centra en las víctimas humanas. Es una de las tres que eligió The New York Times para ilustrar la suya.

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Más morbosa fue la opción de El País (también será muy similar la del Deia). Una imagen del fotoperiodista Narendra Shrestha que deja sin aliento. Un hombre sepultado hasta el cuello al que intentan rescatar otros ciudadanos. ¿Es necesaria para comprender la dimensión de la tragedia? No. ¿Aporta información? No. Es un disparo directo a las emociones de los lectores, buscando crear inquietud y desazón. El periodismo no debe impresionar, eso era para los chulos de los recreativos. El Corriere della Sera se unió al grupo y The Independent la utilizó para su max mix vergonzoso.

elpais.750deia.750corriere_della_sera.750the_independent.750Fue el diario Ara el que optó por una foto de portada en la que prima la interpretación periodística del suceso sobre el sensacionalismo gratuito. Sin embargo, aún tenemos que dar gracias de no tener cabeceras como las mexicanas Excelsior o La Prensa, y a las pruebas me remito.

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Pero si en el exterior hay disparidad, y unos aciertan más que otros, en el interior no se salva ninguno. Unanimidad absoluta. Un desprecio al lector que ha pagado por leerles. Un detalle que parecen olvidar. Y no es el único. ¿Qué sentido tiene contar unos hechos que a esas horas ya han sido narrados por miles de canales informativos? ¿Para qué dar determinadas cifras que, seguramente, se quedarán obsoletas antes de que la gente acabe la última página de ese periódico? ¿No tienen acaso una edición digital para todo ello?

El fracaso de los diarios españoles duele. No valen cuestiones geográficas. Esta vez no pueden excusarse con el poco tiempo para reaccionar. Ni tampoco que los domingos las redacciones estén más bajo mínimos, aún, que entresemana. Los periódicos no pueden ser pesados dinosaurios a los que nadie se atreva a cambiar las costumbres. De todas las firmas que inundan (en la mayoría de los casos, innecesariamente) las cabeceras españolas, sólo Ángel Expósito en ABC hace referencia al suceso. Y casi mejor que no lo hubiera hecho.

Muchos de los medios (El Mundo, La Razón) ya están de precampaña electoral y la proximidad de las noticias prima sobre otros factores. Da pena ver como todos repiten el mismo esquema (y da igual que firme Ellen Barry, de The New York Times, para el Ara que cualquier esforzado redactor desde Madrid o Barcelona): los hechos, los testimonios de los afectados, las declaraciones de los que se salvaron, el patrimonio artístico perdido, unos cuantos titulares escandalosos y a otra cosa. Eso sí, como fuentes principales de información, las agencias y las redes sociales. Toma periodismo del siglo XXI.

En el “periódico” “dirigido” por Marhuenda no la consideran ni la noticia más importante de internacional. Ellos, por cierto, son los únicos que consultan a una especialista (María José Jurado, geóloga e investigadora) para intentar entender las causas del terremoto. Que nadie se asuste. Cinco preguntas tipo test y circulando, que lo importante es especular con teorías de la conspiración sobre la detención de Rodrigo Rato. ¿Una infografía? ¿Una explicación detallada del fenómeno? Imaginad la respuesta.

El País y La Vanguardia intentan marcar diferencias y quedan retratados. Lo del rotativo del grupo PRISA es anodino hasta la extenuación, incluidas sendas colaboraciones firmadas por especialistas (un guía de alta montaña y un profesor de Historia de Asia) que podían haber escrito el frutero de la esquina y un chaval fusilando la wikipedia. Ojo, que la culpa no es, en este caso, de los autores de los textos, sino de un jefe de redacción, de un editor (bendita palabra), que o se equivoca al encargar los artículos o al darlos como válidos. El diario catalán bate el récord de repugnancia con la foto con la que abre su información. Un cuerpo partido por la cintura, del que sólo se ve la parte inferior. La crónica la firma Jordi Joan Baños y aunque es cierto que al menos se preocupa en hacer un relato de lo sucedido más allá de la escritura automática del resto, en ocasiones tiende hacia la anécdota frívola.

Ni rastro de explicaciones minímamente desarrolladas sobre los motivos; tampoco especialistas explicando cómo puede afectar en el futuro económico y político de los países afectados y quién se puede aprovechar de ello; nada de situar a Nepal en la historia más allá de mapas clónicos y cuatro pinceladas al aire; nadie hablando de protocolos de seguridad y de los pasos a seguir, salvo para expandir una sensación de miedo amarillista que llame la atención ¿Crónicas en primera persona? Es lo que tiene recortar. Que al final el efecto Zara ha llegado a la prensa.

Se venden pocos periódicos decía al principio. Hay ocasiones, y esta es una de ellas, que, personalmente pienso, se venden demasiados.

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